Por Equipo Historia UNSE Mujeres*

Cada agosto, la celebración dedicada a las infancias vuelve a colocar a niñas y niños en el centro de la escena pública. Regalos, juegos, encuentros familiares y distintas actividades forman parte de una fecha ampliamente instalada en nuestra sociedad. Pero, desde la Historia, esta conmemoración puede abrir también otras preguntas: ¿qué sabemos de quienes fueron niños y niñas en otros tiempos?, ¿cómo vivieron, sintieron e interpretaron los procesos históricos que habitualmente reconstruimos desde el mundo adulto?, ¿qué cambia en nuestro conocimiento del pasado cuando comenzamos a interrogarlo desde sus experiencias?
Estas preguntas forman parte de un campo historiográfico relativamente reciente pero especialmente fértil, la historia de las infancias. Sus investigaciones han permitido cuestionar una idea que durante mucho tiempo pareció evidente: que la infancia constituye una etapa natural, homogénea y universal de la vida. Por el contrario, las maneras de comprender qué significa ser niño o niña, las expectativas que las sociedades depositaron sobre ellos y las formas de educarlos, protegerlos, disciplinarlos o reconocer su capacidad de acción cambiaron a través del tiempo. Hablar de infancias, en plural, no constituye entonces una simple elección de palabras. Expresa una perspectiva historiográfica, no existió ni existe una única experiencia de infancia. La clase social, el género, las pertenencias étnicas, el territorio, las familias, la educación, el trabajo y los diferentes contextos políticos y culturales produjeron (y producen) diversas maneras de transitarla.
En términos historiográficos, resulta útil distinguir, además, entre los sujetos que estudiamos y las categorías desde las cuales los interrogamos. Niñas y niños pueden convertirse en sujetos de nuestras investigaciones, mientras que las infancias constituyen una categoría de análisis capaz de iluminar problemas históricos mucho más amplios: el Estado, las familias, la educación, el trabajo, las desigualdades, la política, las violencias, los afectos y las maneras en que las sociedades imaginaron su propio futuro. En este sentido, estudiar las infancias no significa únicamente incorporar nuevos sujetos al relato histórico, sino también formular nuevas preguntas sobre procesos que creíamos conocer.
También las denominaciones tienen historia
La propia conmemoración constituye un buen ejemplo de que las formas de nombrar y concebir a niñas y niños son históricas. En 1954, la Asamblea General de las Naciones Unidas recomendó que los países instituyeran un Día Universal del Niño destinado a promover su bienestar. El 20 de noviembre adquirió luego particular significación: ese día se aprobó la Declaración de los Derechos del Niño en 1959 y, treinta años después, la Convención sobre los Derechos del Niño, en 1989. Argentina aprobó la Convención mediante la Ley 23.849 en 1990; posteriormente, la reforma constitucional de 1994 le otorgó jerarquía constitucional. Este recorrido expresa también una transformación en las formas jurídicas y políticas de concebir a los sujetos infantiles y sus derechos.
Pero también cambiaron las palabras. Desde 2020 comenzó a promoverse en nuestro país la expresión “Día de las Infancias”, mientras que en agosto de 2025 el Poder Ejecutivo Nacional, mediante el Decreto 562/2025, estableció oficialmente como “Día del Niño” al tercer domingo de agosto de cada año.
Desde una mirada histórica, estos cambios resultan interesantes para el análisis. Las denominaciones no se producen fuera de su tiempo, expresan contextos, sensibilidades, decisiones políticas y determinadas maneras de concebir a los sujetos que nombran. También los modos de hablar sobre niñas y niños forman parte de las disputas y transformaciones de cada presente.
Para la historiografía, sin embargo, utilizar infancias, en plural, posee una potencia analítica que excede las denominaciones oficiales adoptadas en diferentes momentos. El plural permite reconocer la heterogeneidad de las experiencias infantiles y preguntarnos por las desigualdades y relaciones de poder que las atravesaron. Aunque las denominaciones oficiales varíen, la pregunta historiográfica persiste, ¿qué sujetos, qué experiencias y qué nociones de infancia se ponen en consideración al hablar de infancia?
Precisamente, preguntarnos qué entendemos por infancia conduce a uno de los problemas centrales que dieron origen a este campo historiográfico, reconocer que la propia noción de infancia posee una historia.
De “la infancia” a las infancias
Uno de los grandes desplazamientos de este campo consistió en cuestionar la idea de una infancia natural e inmutable. Los estudios pioneros de Philippe Ariès (1960), posteriormente objeto de importantes revisiones y debates, contribuyeron a instalar una discusión fundamental acerca de la historicidad de las formas de concebir la niñez. A partir de allí se abrió una pregunta que resultaría decisiva, ¿existió siempre la infancia tal como hoy la entendemos?
Las investigaciones posteriores mostraron un panorama mucho más complejo. No fueron iguales las experiencias de las infancias urbanas y rurales, de sectores populares y acomodados, escolarizadas o trabajadoras, indígenas o no indígenas; tampoco fueron equivalentes las experiencias atravesadas por diferencias de género, migraciones, guerras, dictaduras o profundas desigualdades sociales. La renovación del campo permitió así desplazar la mirada desde una infancia concebida como experiencia universal hacia una pluralidad de infancias históricamente situadas.
En Argentina, el desarrollo de este campo ha adquirido particular dinamismo en las últimas décadas, en diálogo con la historia social, la historia de la familia, la historia de la educación, los estudios de género y las investigaciones sobre políticas sociales y minoridad. Estos cruces permitieron advertir, además, que no todos los sujetos infantiles fueron concebidos de la misma manera. Las investigaciones de Zapiola (2010) han mostrado la importancia histórica de las categorías utilizadas para nombrar y clasificar a determinados niños y niñas, particularmente aquellos pertenecientes a los sectores populares. La distinción entre el “niño” y el “menor” permite observar cómo ciertas infancias quedaron asociadas a la educación y la protección familiar, mientras otras fueron objeto de tutela, corrección, institucionalización e intervención estatal. Las categorías, por lo tanto, no sólo nombraron realidades, también contribuyeron a producir formas diferenciadas de comprender e intervenir sobre las infancias.
La consolidación de los Estados modernos otorgó, además, una creciente centralidad a niñas y niños. Sobre ellos se proyectaron expectativas acerca del futuro de las familias, las sociedades y las naciones. Los trabajos de Isabella Cosse (2021) permiten observar cómo las representaciones sobre los niños pueden condensar sensibilidades políticas, concepciones sobre las desigualdades y proyectos de transformación social. Sus investigaciones sobre familia, crianza, afectos e infancia muestran también que aquello que una sociedad considera una forma adecuada de criar, educar o vincularse con niñas y niños posee su propia historicidad.
Precisamente porque las infancias representan también aquello que una sociedad imagina para su futuro, han constituido históricamente espacios de intervención, regulación y disputa. Protección y control, además, no siempre constituyeron caminos separados. Las investigaciones de Carla Villalta (2012) permiten comprender históricamente cómo distintas instituciones y prácticas estatales adquirieron capacidad para intervenir sobre niños y familias, particularmente sobre los sectores populares. Educar, proteger, tutelar, institucionalizar, disciplinar y garantizar derechos forman parte de una historia compleja que no puede ser interpretada linealmente.
Sin embargo, reconstruir las formas en que el Estado, las familias y distintas instituciones pensaron e intervinieron sobre las infancias constituye sólo una parte del problema. Si niñas y niños fueron objeto de discursos, políticas y prácticas adultas, también fueron sujetos capaces de interpretar aquello que sucedía a su alrededor y de actuar, dentro de posibilidades históricamente condicionadas, sobre el mundo que habitaban.
Ni víctimas pasivas ni pequeños adultos
Uno de los conceptos más interesantes de esta renovación historiográfica es el de agencia infantil. La categoría invita a preguntarnos qué hicieron niñas y niños dentro de las condiciones históricas que les tocaron vivir, cómo interpretaron aquello que sucedía a su alrededor y cuáles fueron sus posibilidades de intervenir sobre ese mundo.
Reconocer agencia no significa imaginar niños y niñas completamente autónomos ni convertirlos en pequeños adultos. Por el contrario, obliga a reconstruir las relaciones de poder dentro de las cuales pudieron actuar. La edad, las familias, la clase social, el género, las instituciones, el territorio y el contexto político condicionaron las posibilidades de hablar, decidir, negociar, resistir o participar.
Los estudios de Anna Peterson y Kay Read (2002) sobre las guerras centroamericanas resultan elocuentes. Las autoras muestran cómo niños y niñas pudieron ser representados alternativamente como víctimas, héroes e incluso enemigos. Ninguna de estas categorías, considerada aisladamente, resulta suficiente para reconstruir la complejidad de sus experiencias. Un niño puede haber sido vulnerable y, simultáneamente, haber actuado; haber sentido miedo y también resistido; haber trabajado y jugado; haber asumido responsabilidades y continuado necesitando protección.
La riqueza de estudiar las infancias reside precisamente en no obligar sus experiencias a caber dentro de una única categoría. Esta perspectiva permite también volver sobre procesos históricos conocidos desde preguntas diferentes. Las guerras, las dictaduras, las migraciones, las crisis económicas o las transformaciones familiares no fueron experimentadas únicamente por adultos. Niñas y niños también estuvieron allí, aunque durante mucho tiempo las preguntas de los historiadores no estuvieran dirigidas hacia ellos. Considerar que niñas y niños también fueron actores de esos procesos abre, sin embargo, un nuevo problema, ¿cómo reconstruir sus experiencias cuando buena parte de los documentos que conservamos fueron producidos por adultos?
¿Cómo escuchar las voces de las infancias del pasado?
Aquí aparece uno de los principales desafíos metodológicos. Gran parte de los documentos históricos referidos a niños y niñas fueron producidos por adultos: maestros, médicos, jueces, sacerdotes, funcionarios, periodistas o familiares. Las voces infantiles aparecen muchas veces mediadas, fragmentadas o directamente ausentes.
Pero ausencia no significa imposibilidad. Cartas, dibujos, fotografías, cuadernos escolares, expedientes judiciales, registros de instituciones, prensa, objetos, testimonios orales y memorias pueden ofrecer indicios para aproximarnos a aquellas experiencias. El desafío consiste en aprender a interrogar las fuentes de otra manera y, muchas veces, buscar a niñas y niños dentro de documentos que originalmente no fueron producidos para escuchar sus voces.
Incluso aquellas fuentes que parecen acercarnos de manera más directa a las infancias requieren ser interrogadas críticamente. Una fotografía de niños, por ejemplo, no constituye una ventana transparente hacia sus experiencias, fue producida en determinadas circunstancias, seleccionó una escena, construyó una representación y respondió a las decisiones de quien tomó la imagen, de quien la conservó y, muchas veces, de la institución que la produjo. Lo mismo sucede con expedientes judiciales, registros escolares o informes médicos, donde las palabras y experiencias infantiles suelen llegar hasta nosotros atravesadas por categorías y escrituras adultas.
Esto exige cautela. No se trata de hacer hablar artificialmente a quienes las fuentes no permiten escuchar, sino de reconocer silencios, mediaciones y relaciones de poder. Pero también supone ampliar nuestro repertorio documental y volver sobre fuentes conocidas con preguntas diferentes. Allí donde antes se buscaban únicamente políticas educativas, estadísticas de población, conflictos laborales o decisiones institucionales, pueden aparecer también rastros de experiencias infantiles.
La historia de las infancias nos enfrenta así a una pregunta metodológica y, al mismo tiempo, profundamente humana, ¿cómo aproximarnos a las experiencias infantiles sin reemplazarlas nuevamente por nuestras propias categorías adultas? Si estas preguntas han renovado la historiografía de las infancias en diferentes escalas y contextos, trasladarlas a nuestro propio espacio abre un desafío todavía mayor: ¿qué ocurre cuando interrogamos desde ellas la historia de Santiago del Estero?
¿Y las infancias santiagueñas?
Para quienes investigamos, enseñamos y estudiamos Historia desde Santiago del Estero, este campo ofrece una agenda fértil. ¿Qué sabemos acerca de las experiencias de niñas y niños en nuestra historia provincial? ¿Cómo fueron las infancias rurales, campesinas, indígenas y urbanas? ¿Qué significó crecer en territorios forestales, trabajar tempranamente, migrar, asistir (o no) a la escuela? ¿Cómo incidieron las políticas educativas, sanitarias y asistenciales? ¿Cómo fueron atravesadas sus experiencias por las transformaciones económicas, familiares y territoriales? ¿Qué ocurrió con niños y niñas durante períodos de autoritarismo y violencia política?
Las respuestas probablemente estén dispersas en archivos escolares, expedientes estatales y judiciales, fotografías familiares, censos, prensa periódica, correspondencia, registros parroquiales y, especialmente, en las memorias de quienes alguna vez fueron aquellos niños y niñas. Es posible, incluso, que muchas de esas fuentes ya hayan sido consultadas por la historiografía santiagueña, aunque interrogadas desde otros problemas.
Un ejemplo de estas posibilidades puede encontrarse en las investigaciones de Medina (2018) sobre la historia de la aviación santiagueña. Entre los episodios recuperados aparece el de Celia Gómez, una joven de catorce años que, en 1920, se acercó al aviador Arnold Syddal en Cachi Pampa y le ofreció sus ahorros para poder volar. Aunque el dinero no alcanzaba para cubrir la tarifa, Syddal accedió a llevarla y Celia se convirtió, según la investigación, en la primera mujer santiagueña en volar sobre la ciudad. Leído desde la historia de las infancias, este episodio permite formular nuevas preguntas acerca de los deseos, las expectativas y los márgenes de acción de niñas y adolescentes frente a experiencias asociadas a la modernidad y, por entonces, predominantemente protagonizadas por varones.
En este sentido, algunas investigaciones desarrolladas en el ámbito local permiten advertir que las huellas de esas infancias ya se encuentran presentes en nuestros archivos, aunque no siempre hayan sido interrogadas específicamente desde esta perspectiva. Los estudios de Olivera (2026) sobre la población afrodescendiente santiagueña, plasmados entre otros trabajos en La huella afro, han recuperado expedientes judiciales que permiten reconstruir trayectorias y relaciones sociales atravesadas por la esclavitud. Entre esos documentos aparecen también niñas esclavizadas cuyas historias permiten observar diversas situaciones vinculadas con la esclavitud, la compraventa, la transmisión patrimonial y el otorgamiento de cartas de libertad, abriendo nuevas preguntas para la historia de las infancias en la provincia.
Volver sobre esos expedientes desde esta perspectiva permitiría interrogar no sólo la esclavitud y la afrodescendencia, sino también experiencias infantiles atravesadas simultáneamente por la edad, el género, la condición jurídica y las relaciones de dominación propias de aquella sociedad. ¿Qué significaba transitar la infancia siendo una niña esclavizada en el Santiago del Estero de aquel período? ¿Cómo eran nombradas y valoradas en esos documentos? ¿Qué vínculos familiares aparecen (o desaparecen) en los actos de compra y venta? ¿Qué posibilidades existen de encontrar, detrás de la escritura judicial producida por adultos, indicios de sus trayectorias y experiencias?
Este ejemplo muestra la potencialidad de volver a fuentes ya conocidas desde nuevas preguntas. Los expedientes judiciales pueden haber sido utilizados para reconstruir la esclavitud, las relaciones económicas o la presencia afrodescendiente en la provincia y, al mismo tiempo, contener huellas todavía poco exploradas de niñas y niños. De este modo, la historia de las infancias puede contribuir no sólo a incorporar nuevos sujetos, sino también a producir nuevas lecturas de nuestro propio patrimonio documental.
En este punto adquieren especial relevancia los enfoques locales, regionales y situados. Interrogar las infancias desde Santiago no supone simplemente trasladar a una escala provincial categorías y debates construidos en otros espacios historiográficos. Por el contrario, la documentación local permite reconocer experiencias, relaciones y sujetos específicos que pueden complejizar, tensionar y enriquecer discusiones más amplias sobre las infancias en la historia. Las particularidades de una sociedad, sus configuraciones familiares, étnico-raciales, económicas y territoriales, sus formas de trabajo, sus instituciones y sus relaciones de poder condicionaron también maneras concretas de transitar la niñez. Desde esta perspectiva, recuperar las experiencias de niñas y niños afrodescendientes, indígenas, campesinos, trabajadores, escolarizados o no escolarizados permite construir una historia de las infancias atenta a las especificidades del territorio y, al mismo tiempo, capaz de dialogar con problemas historiográficos de alcance nacional y latinoamericano. Lo local no constituye aquí una escala menor, sino una escala de observación capaz de formular problemas propios, producir conocimiento y poner en discusión categorías generales.
Profundizar estas preguntas desde la provincia no supone únicamente incorporar un tema novedoso a nuestra historiografía. Implica volver sobre problemas conocidos desde otros sujetos, otras escalas y otras experiencias. La historia de la educación puede ser también la historia de quienes transitaron la escolarización; la historia del trabajo, la de quienes comenzaron a trabajar siendo niños; la historia de las migraciones, la de quienes debieron abandonar sus lugares junto con sus familias; la historia de las políticas públicas, la de quienes las vivieron como destinatarios; la historia de las dictaduras y las violencias, la de quienes las experimentaron desde edades y posiciones distintas a las de los adultos. De este modo, la pregunta por las infancias santiagueñas no remite únicamente a un vacío que deba ser completado, sino a una posibilidad historiográfica, volver a mirar nuestro pasado desde sujetos que estuvieron presentes en las fuentes y, sin embargo, permanecieron poco visibles en nuestras preguntas.
Otras preguntas para nuestra historia
Tal vez uno de los sentidos que desde el Equipo podemos otorgar a esta conmemoración sea precisamente éste, además de celebrar a niñas y niños en el presente, aprovechar la fecha para preguntarnos por quienes transitaron sus infancias en otros tiempos.
La historia de las infancias ha avanzado porque se atrevió a cuestionar categorías que parecían naturales, reconocer experiencias diversas y buscar sujetos allí donde durante mucho tiempo no fueron interrogados. La noción de agencia infantil, la atención a las relaciones de poder y el reconocimiento de la diversidad de experiencias permiten hoy complejizar nuestra comprensión de procesos sociales, políticos, económicos y culturales mucho más amplios. Por eso, las infancias no constituyen solamente otro tema para la Historia, pueden convertirse en otra manera de interrogarla.
Desde Santiago del Estero, queda abierta una enorme posibilidad de investigación. Volver a los archivos, las fuentes y las memorias a partir de estas preguntas puede permitir que aparezcan sujetos y experiencias hasta ahora poco visibles y, con ellos, nuevas dimensiones de nuestro pasado. Porque cuando cambian los sujetos y las preguntas desde las cuales interrogamos la historia, también cambia la historia que somos capaces de contar.